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Perdida en Machu Picchu… y adoptada por una tribu

Crónica de Alma, viajera de 45 años nacida y criada en España, que descubrió las maravillas de la cosmovisión indígena en un viaje a Perú 

¿Qué civilización construyó Machu Picchu? Una maravilla arquitectónica

Machu Picchu, una joya de la humanidad, no sólo es un testimonio de la brillantez arquitectónica de los incas, sino también un símbolo de la resistencia de su cosmovisión ante siglos de intentos por borrarla. A una altura de 2,430 metros sobre el nivel del mar, esta ciudad antigua se erige imponente sobre la cordillera de los Andes, rodeada por un paisaje natural impresionante. Los incas, descendientes de un linaje profundo y antiguo, dejaron un legado que aún resiste el paso del tiempo. Más que un imperio que se expandió desde el Cusco hacia el sur, el imperio Inca fue una manifestación viva de una forma de vida que integraba la naturaleza, el cosmos y los seres humanos de una manera que la civilización occidental apenas comienza a comprender.

En sus tierras, la Pachamama, la madre tierra, no es un concepto abstracto. Es un ser vivo, con su propia alma y su propio ciclo. Los incas, con su sabiduría ancestral, comprendían que el equilibrio con la naturaleza no solo era vital, sino divino. Machu Picchu, con su perfecta integración en las montañas y valles que lo rodean, es un claro ejemplo de cómo construyeron no sólo edificaciones, sino relaciones con el mundo natural, donde las piedras no son inertes y los ríos no son sólo agua, sino sangre de la tierra.

Fue el explorador estadounidense Hiram Bingham quien, en 1911, redescubrió Machu Picchu para el mundo occidental, aunque los lugareños ya conocían su existencia mucho antes.

Un relato de pérdida de rastro

En medio de mis pasos errantes, la selva me abrazó con una calidez inusitada. Al principio, mi mente occidental, acostumbrada a la lógica y la eficiencia, se frustraba. Pero mientras me alejaba del caos de los mapas y la tecnología, comencé a percibir la sincronía entre mis pasos y el crisol de vida que me rodeaba. Los árboles no eran sólo vegetación; las montañas no solo eran rocas. Estaba empezando a ver lo que los incas vieron hace siglos: un mundo donde todo tiene vida, donde la naturaleza está en constante conversación con los seres humanos.

Perdida, confundida y con el GPS en paro: mi primer encuentro con los nativos

A medida que me adentraba más en las montañas, mi sentido de la orientación se fue de vacaciones. Lo peor de todo es que el GPS, que se supone es mi salvavidas, decidió entrar en modo sabático. Cuando finalmente decidí pedir ayuda, lo único que entendí de los nativos fue una risita cómplice. Yo, un tanto avergonzada, señalaba el mapa como si el mundo entero pudiera entenderlo. Pero lo único que logré fue que todos se miraran entre ellos, preguntándose si yo estaba más perdida de lo que pensaba.

El idioma de los dioses… o al menos eso creí al principio

Después de unos intentos fallidos de comunicación —que incluyeron señas incomprensibles y preguntas que ni yo misma entendía—, me di cuenta de que el verdadero idioma no era el que venía de mis labios, sino el que surgía de las sonrisas de los nativos, del intercambio físico y espiritual, esa kinésica que se daba en los intentos de conversación. Entre tanto malentendido, comencé a aprender que la sabiduría ancestral no siempre se transmite con palabras, sino con gestos y miradas. Al final, la lengua de la pachamama —esa que conecta a todos los seres— era la que me estaba guiando, incluso si no entendía una palabra.

¿Quién construyo Machu Picchu? Encuentro con nativos

Fue entonces cuando, guiada por el sonido de los cánticos, encontré a un grupo de nativos. Más allá de ser simplemente «habitantes de la tierra», ellos representaban la continuidad de una cosmovisión ancestral, una tradición que ha resistido siglos de intentos por erradicarla. Al sentarme entre ellos, entendí que no solo estaba rodeada por personas, sino por una cultura que ha mantenido viva su conexión con la Pachamama, a pesar de los siglos de colonización que intentaron desgarrar este vínculo.

Las voces que cantaban no solo emitían sonidos; su canto era una oración a la naturaleza, una forma de recordar que los incas no solo eran una civilización material, sino también espiritual, que no veía al hombre como dueño de la tierra, sino como su hermano. “Somos hijos de la tierra, y por eso debemos respetarla”, dijo uno de los nativos con un tono tan grave y reverente que sentí como si las montañas mismas asentieran.

Los mejores días de mi vida entre medio de la civilización que construyó Machu Picchu

A medida que los días pasaban, los rituales se volvieron parte de mi vida. Comenzaba a entender que cada acción tenía un significado profundo: el encender el fuego no era solo una práctica cotidiana, sino un acto sagrado. Los cánticos no eran solo música; eran la forma en que el linaje indígena conectaba con los dioses y la naturaleza. La conexión era visceral, total. Me enseñaron que no hay separación entre el hombre y la naturaleza, que somos parte de una red más grande.

Mientras me adentraba más en su mundo, una realidad se hizo clara: los intentos de extirpar la cosmovisión indígena, de anatemizar sus creencias, no solo fueron una violencia histórica, sino una lucha por lo que los colonizadores vieron como «barbarie» pero que, en realidad, era una sabiduría profunda sobre cómo vivir en armonía con el mundo. Cada canto, cada historia que compartían, era un acto de resistencia, un rechazo a la asimilación forzada.

De las patatas a la lengua: mi introducción a la auténtica comida andina

Después de perderme entre las montañas, y mientras intentaba recomponer mi rumbo, me di cuenta de que no solo estaba redescubriendo un paisaje olvidado, sino un mundo de sabores que nunca había experimentado. En mi búsqueda por entenderme con los nativos, el mejor traductor no fue ni mi español ni sus idiomas autóctonos, sino el festín que me ofrecieron. Olvidaos de las guías turísticas y de los restaurantes gourmet: lo que realmente necesitaba para orientarme era un menú ancestral.

Entre patatas nativas, que no tenían nada que ver con las que conocía en Europa, quinoa que me llenaba de energía y un ceviche que parecía hablar directamente con mi alma, me di cuenta de que perderme en Machu Picchu no solo me permitió conectarme con la historia, sino con la esencia de la gastronomía andina. Cada bocado no solo era delicioso, sino un pedazo de la tierra, una herencia transmitida durante generaciones.

Y entre risas y más comida, me enseñaron que cada ingrediente tiene un propósito, no solo para alimentar el cuerpo, sino para mantener viva la conexión con la Pachamama. ¿Quién diría que el mejor GPS para encontrarme en este viaje era, en realidad, un plato de sopa de mote y una buena conversación acompañada de chicha de jora?

Cosmovisión inca: Enseñanzas sobre la naturaleza, la vida y la espiritualidad

Lo que descubrí a través de ellos fue una forma de vida y espiritualidad que, aunque intentó ser sofocada por la colonización y la modernidad, sigue viva. 

Los nativos no sólo preservan las tradiciones a través de la oralidad, sino que han convertido sus prácticas diarias en un acto constante de resistencia. Su cosmovisión es un rechazo directo a la visión materialista de Occidente, que ve a la tierra como algo que se posee y explota. Aquí, la tierra es un organismo viviente, que respira y siente, y no existe la idea de «controlarla», sino de vivir en reciprocidad con ella.

Me hablaron de los «Ayllus», las comunidades andinas que representan un sistema de vida basado en la cooperación y el respeto mutuo, donde la tierra, las personas y los espíritus están entrelazados. Esta forma de organización social, que sigue vigente en muchos pueblos indígenas, es la antítesis del individualismo y la explotación que define a muchas sociedades modernas.

Este viaje a Machu Picchu no sólo me llevó a un destino geográfico, sino a un entendimiento profundo de que los pueblos indígenas, lejos de ser relictas de un pasado olvidado, son los custodios de una sabiduría que nos es esencial para sobrevivir en un mundo que ha perdido su rumbo. La cosmovisión indígena no solo debe ser preservada, sino celebrada, pues es la clave para entender la vida misma.

Como viajera, uno de mis aprendizajes más valiosos fue que la verdadera riqueza de un lugar no está en sus monumentos, sino en las enseñanzas vivas de quienes lo habitan. Así que, la próxima vez que te preguntes qué civilización construyó Machu Picchu, ya tienes una basta respuesta, y una buena excusa para pasarte por Perú. Por supuesto, como siempre, un seguro de viaje a Perú es esencial para asegurar que este tipo de experiencias, tan transformadoras y profundas, no se vean empañadas por imprevistos.

Perdí mi mapa, pero encontré algo mucho más valioso: una visión del mundo que desafía las fronteras del tiempo y el espacio, que sigue viva a través de las generaciones, y que nos recuerda que somos parte de un todo mucho mayor.

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