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Cómo me convertí en crítico gastronómico en Tokio (sin querer)

Crónica en 12 días de comida, confusiones y mucha gloria gastronómica.

Qué comer en Tokio, Día 1 – Atún al amanecer

Aterrizo en Tokio con jet lag, hambre y cero planes. Como buena andaluza, priorizo: «comer primero, pensar después». Me dirijo a Tsukiji, el antiguo mercado de pescado. Me reciben con un sushi de atún toro que no es sushi, es caricia. Se deshace en la boca con textura de mantequilla y sabor a mar fresco. Le sigue uni (erizo de mar), y siento que cada bocado me canta una saeta. ¿Qué comer en Tokio? Esto. Siempre esto. Me cruzo con un grupo de turistas que me piden una foto. Empieza la confusión…

Día 2 – Ramen bajo la lluvia

Llueve a mares en Shibuya. Refugio: un local diminuto con el cartel de «Ichiran Ramen». Pido tonkotsu ramen, el caldo de hueso de cerdo más denso que he visto. Le doy un sorbo y se me caen las gafas del vapor. Fideos elásticos, cerdo tierno, huevo marinado que parece una joya. Todo en una armonía que ni Paco de Lucía. Precio: 8 euros. ¿Qué cuesta comer en Tokio? Poco para esta maravilla. Me siento feliz, aunque empapada. Un camarero me regala una toalla con dibujos de sushi. Me guiña un ojo. ¿Fama o simpatía? Aún no lo sé.

Día 3 – Primer día de influencer…Ya no me pregunto tanto qué comer en Tokio y acepto lo recibido

Entro en un restaurante elegante en Ginza buscando… un enchufe. Una camarera me saluda con reverencia y «Marisawa-san, welcome!». Intento decir que no soy quien creen, pero ya estoy sentada, con wagyu marmoleado en el plato, anguila kabayaki sobre arroz, y una copa de sake que huele a flores. Cada bocado es éxtasis. Fotografías, aplausos, hashtags en japonés. Yo solo sonrío y como. Comida típica de Japón, nivel dioses.

Día 4 – Comida callejera de Tokio al ataque

Asakusa. Festival de verano. La calle es un carnaval de olores. Me zampo takoyaki (bolitas de pulpo), ardientes, con danzas de katsuobushi encima. Luego yakitori: brochetas jugosas de pollo con tare dulce. El clímax: taiyaki relleno de crema pastelera. Crujiente fuera, soñado dentro. Todo esto por menos de 1.000 yenes. Me hago un selfie con un vendedor que grita «Marisawa!». Comida callejera de Tokio: viva, alegre, adictiva.

Encuentro con el cocinero: ¿la influencer perdida?

Mientras disfrutaba de mi festín de comida callejera en Asakusa, me encontré con un cocinero que, al ver mi cámara, me invitó a su pequeño local para probar un plato especial que solo él preparaba. «¿Eres influencer?», me preguntó en inglés, sorprendido por mi cámara y mi sonrisa. Me senté, y mientras él me explicaba su receta secreta, no pude evitar notar que las personas a mi alrededor empezaron a mirarme con una mezcla de admiración y curiosidad. 

Ninguno de ellos hablaba inglés, y mucho menos japonés fluido, por lo que no había manera de que se dieran cuenta de que yo no era la famosa influencer de la que todos hablaban. La situación se convirtió en un delicado juego de gestos, sonrisas y comidas. Nadie preguntó demasiado, y yo simplemente me dejé llevar por la experiencia. El cocinero, entusiasta, me regaló un plato extra y no pude evitar sentirme como una estrella, aunque solo fuera por un rato. 

¿Debería corregir la confusión? Tal vez, pero la gloria gastronómica no tiene fronteras, ni idioma, ni necesidad de etiquetas.

Día 5 – Qué comer en Tokio por la tarde: Ceremonia del té y pasteles mágicos

Me invitan a una ceremonia del té por «mi influencia». Aprendo a batir matcha con respeto y a comer wagashi, dulces de arroz en forma de flor de cerezo. Dulzor sutil, arte comestible. Siento que Flamenquín se ha vuelto zen. Me regalan un kimono de papel. Fotos. Me saludan como estrella. Solo quería merendar.

Día 6 – Desayuno de campeona

Pruebo natto (soja fermentada). La textura es… debatible. El sabor, peculiar. Pero siento que me regenero por dentro. Luego llega el tamago sando: pan de leche, huevo cocido cremoso, toque dulce. Es perfección esponjosa. Me hago viral. Ahora también soy crítico de desayunos.

Día 7 – Comida típica de Japón al nivel supremo

Me llevan a comer kaiseki, la alta cocina japonesa. Plato tras plato: sashimi de vieira con sal de matcha, tempura de langostinos con sal de umeboshi, sopa de miso blanca con tofu sedoso. Todo es equilibrio, arte, minimalismo. Me aplauden al final. Yo aplaudo la vida.

Día 8 – ¿Qué comer en Tokio? ¿Gratis, si soy crítica?

Ya no pago por comer. Hoy pruebo donburi de ternera, gyoza que crujen como fuegos artificiales, y karaage que me hace bailar sevillanas. Me regalan una camiseta: «Marisan Food Queen». ¡Ole yo!

Día 9 – Curry japonés: abrazo al alma

Descubro el katsu curry. Arroz, tonkatsu crujiente, curry espeso. Sabor intenso, suave, envolvente. Me siento en casa. Precio: 700 yenes. ¿Qué cuesta comer en Tokio? Poco, si te dejas abrazar por este curry.

Día 10 – Mercado loco y dulces de colores

Voy a Ameya-Yokocho. Me emborracho de color: dango, melonpan, kakigori con sirope de fresa. Todo dulce, vivo, como una feria. Me piden autógrafos y selfies. Ya me siento embajadora de los postres.

Día 11 – Última cena de lujo

Cena en un rooftop con vista a la Tokyo Tower. Sushi flambeado, soba fría con huevo de codorniz, y mochi de helado de té verde. Sake espumoso. Me dedican el menú. Yo lloro, pero con clase. Qué comer en Tokio… lo más hermoso que puedas encontrar.

Día 12 – Reflexión entre fideos: no hay una sola respuesta a la pregunta sobre qué comer en Tokio

Me siento con un bol de udon humeante. Reflexiono: copywriter andaluza de 26 años, ahora influencer accidental. ¿Cómo llegué aquí? Con hambre y un seguro de viaje a Japón. Me llevo mil sabores, mil historias, y un corazón lleno de sushi y amor.

Tokio: paisajes urbanos y anécdotas de otro mundo

Tokio no solo se saborea, se respira, se vive, se siente en cada esquina. Es una ciudad de contrastes, donde la modernidad y la tradición se entrelazan en una danza vibrante y única. 

Desde los neones imposibles de Shinjuku que iluminan la noche como si nunca fuera a amanecer, creando una atmósfera surrealista, hasta los jardines tranquilos de Ueno, donde las carpas nadan en sus estanques como si comprendieran el significado de la paz y la serenidad. 

Cada rincón tiene su propia historia que contar, su propio aliento que ofrecer. Caminar por Akihabara es sumergirse en el universo de un videojuego, donde las luces de colores y los sonidos electrónicos parecen invadir la realidad y te transportan a un mundo paralelo. En Shibuya, al cruzar el famoso paso de cebra, te sientes parte de un videoclip futurista, rodeado por multitudes que se mueven con una sincronización casi perfecta, mientras los gigantescos pantallas publicitarias te observan con su imponente presencia.

Las anécdotas sobran en una ciudad como Tokio, llena de sorpresas y momentos mágicos. Recuerdo un día en el metro, cuando un señor con un sombrero de samurái, que parecía salido de una película, se acercó y, con una sonrisa amable, me ofreció un onigiri «por si tenía hambre». Nadie más en el vagón parecía inmutarse, como si fuera la cosa más normal del mundo. Otro día, en una tienda de tecnología, un robot, con una precisión que asustaba, me saludó por mi nombre, como si nos conociéramos de toda la vida. Tokio es una ciudad que nunca deja de sorprenderte, de envolverte en su caos ordenado, en su constante flujo de personas, tecnología y cultura.

Te hace reír, te deja sin palabras y, lo más importante, te invita a experimentar la vida sin prejuicios ni barreras. La ciudad te toma de la mano y te lleva por un recorrido lleno de sabores, colores, sonidos y emociones. Es un lugar donde todo es posible, donde puedes perderte y encontrarte al mismo tiempo, y donde cada momento se convierte en un recuerdo imborrable.

Moraleja: Viaja con hambre, humor y, sobre todo, con un buen seguro de viaje. Y si, por casualidad, te confunden con una estrella… come, sonríe, disfruta y no digas nada. Porque, al final del día, lo más importante es vivir la experiencia y dejarse llevar por la magia de Tokio, sin importar si eres una estrella o solo una viajera más.

¡Arigato, Tokio!

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